Para nosotros el cielo era una bendición, era el centro de nuestros sueños, era madre que nos aceptaba para correr en ella; para volar si se nos placía.
El cielo era la persona que nos cobijaba cada tarde en sus nubes para soñar.
Miguel, así me llamo; soy una persona que es adicta al cielo. Soy un joven que con tan solo veintiún años, sueña con su cielo, mi vuelo lo realizo cada tarde, siento que me vuelvo loco, porque no puedo parar de sentir la emoción de envolverse en las nubes, pero dicen que también hay nubes grises que te cortan el vuelo y eso es lo que me ocurrió a mi.
Aquella mañana hacia un pequeño recorrido matutino, mientras observaba a los árboles con sus imponentes raíces, aquellos pajarillos que cantaban un hermoso himno, a mí me parecía de amor, el más bello que he oído.
Pase por las afueras de la casa de los Ribera y vi salir a Elisa tan tranquila y hermosa, lucía un bello vestido azul que resaltaba con su pelo castaño tan hermoso y a la vez era como algo mítico, pues sus ojos eran azules, preciosos ojos azules, además de alta, tez blanca como el alba y hermoso rostro que daba la impresión de ver a un ángel.
Era una mujer excepcional, además de soñadora y muy bondadosa; en ese momento parecía poseído por aquella imponente belleza y no me di cuenta cuando ya estaba parada frente a mí saludándome:
-¡Hola!
- ¡Hola!
-¿Cómo estas?
Bien, oye te vas quedar ahí parado o ¿me voy al bosque sola?
Vamos no seas tonta, tu sabes que iré contigo.
Nuestra conversación termina ahí y nos fuimos corriendo y jugueteando por el bosque, una vez ya cansados nos tendimos en el pasto y ahí iniciábamos nuestras conversaciones metafóricas de las cuales disfrutaba mucho porque podía conocerla a fondo, que pensaba, que creía y muchas otras cosas.
Yo sentía que Elisa sentía lo mismo que yo hacia ella y esa mañana por fin ocurrió, me lo confeso:
-Sabes Miguel, yo hace mucho tiempo te he empezado a mirar...
-que ocurre porque te detienes
-es que no estoy segura si lo que voy a decir va a cambiar nuestra amistad
-es mejor que me lo digas, te juro que nada cambiara
-yo te amo Miguel, te amo
-es por eso que tenias tanto miedo de confesarme algo que yo también siento.
-me estas diciendo que tu también me quieres
-no solo te quiero, si no que también te amo.
Entonces nuestros labios se acercaron y nos dimos un beso que fue lo más hermoso del momento, sus labios y los míos eran puros, pero aun así nuestro beso fue como si teníamos la experiencia de grandes amantes.
Cuando volvimos Elisa me susurro al oído:
-dime hoy iremos a volar al cielo
-claro que sí, ¿a qué hora?
-deberá ser al atardecer espérame en el mismo lugar de hoy
-esta bien
Esa tarde me prepare y salí sin que mi familia se diera cuenta iba tan nervioso, cuando llegue al lugar del bosque donde nos encontraríamos Elisa y yo me senté a esperarla mientras observaba el atardecer del cielo.
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Elisa y yo éramos amigos desde la infancia, ella tenía la misma edad que yo, nos llevábamos tan bien. En la casa de los Ribera me querían mucho; la tía Candelaria, madre de Elisa y llamada por mi “tía”, siempre nos avergonzaba diciéndonos- y ¿cuándo nos dan la sorpresa de que son novios?- Elisa sé hacia de que no escuchaba y yo cambiaba el tema. A decir verdad yo no me imaginaba la vida la vida sin Elisa y siempre soñé en que nos casaríamos y tendríamos unos preciosos hijos, ya que yo era un joven alto, pelo castaño, ojos de color café oscuro que resaltaban muy bien con mi pelo y tez blanca; Además era un joven sensible, soñador, romántico y de ideales muy libertarios.
En el momento que pensaba todo esto llega Elisa más hermosa que nunca, era eso o era que lo que me inducía de decir todo eso era el amor ciego que sentía hacia ella.
Se dirigió hacia mí, acerco su cara y sus labios y deposito un suave beso en mi boca y me dijo:
-Hola, disculpa el retraso, es que estaba cenando con mi familia.
Mira tu, bueno ¿empezamos a volar?
Claro que si, tu sabes que para eso vinimos.
Nos tendimos en el pasto y empezamos a mirar al cielo, no sabíamos si es que estamos locos o que solo lo que sentíamos era cierto, pues cerrábamos los ojos, los volvíamos a abrir y era como si estamos volando o algo así. Muchas veces me pasaba todo el día así, era un adicto a la lujuria; a la lujuria porque todo lo que sentíamos, lo sentíamos porque estamos locos. Si, estábamos locos pero esa sensación de volar, de envolverte en las nubes me encantaba.
A Elisa también le encantaba aquella sensación, creo que la hacia sentir confortable.
Cuando terminamos nuestra sección de vuelo volvimos al pueblo, entramos en la casa de Elisa y sus padres nos recibieron muy bien.
Elisa me dijo que nos veía en unos días pues ella iba estar ocupada atendiendo a una tía enferma que iba a llegar a su casa para que la cuidaran.
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En efecto, pasaron unos días antes de vernos, yo asistía todas las tardes y las mañanas al bosque en busca de la lujuria, en efecto me había convertido en un adicto a la lujuria; una tarde estaba en mi habitación a punto de salir a mi encuentro con el cielo y cuando mi madre y mis hermanos entraron tan despavoridos y desesperados, yo pregunte que ocurría y me dijeron que era Elisa; me contaron que afuera de su casa había una ambulancia del sanatorio de enfermos mentales, la noticia me callo como un balde de agua fría. Salí corriendo de la casa en dirección hacia la de los Ribera, cuando llegue ahí vi a Elisa cuando la sacaban de la casa con camisa de fuerza, trate de ayudarla pero me lo impidieron; La escena fue tan triste, pues ella gritaba y yo lloraba desconsolado tratando de ayudarla, pero aun así se la llevaron.
Esa semana estuve como loco todos me desconocían, estaba tan triste y a la vez ensimismado; me pasaba casi todo el día en el bosque.
Toque fondo, cuando llegaba a casa no hablaba, mi madre lloraba al verme con la mirada perdida; muerto en vida. Un día en mis delirios en el bosque decidí ir al sanatorio mental; le pedí a mi madre que me llevara, todos estaban sorprendidos, pues ya me creían loco y tenía razón estaba loco, loco de amor, loco de adicción por sentir la lujuria de volar por los cielos, en mis delirios lo lograba, pero comencé a sentirme vació sin Elisa.
Esa tarde cuando fui al sanatorio, la vi, estaba irreconocible se paseaba sin rumbo fijo, con la mirada perdida. Cuando le dirigieron que era yo, fue hacia mi y se abalanzo llorando, abrazándome, en ese momento era una niña indefensa; pero comenzó a decirme necesitaba ver el cielo, necesitaba sentir de aquella lujuria, de aquella sensación de volar. Comenzó a gritar a votar todo, en ese momento llegaron enfermeros y la amarraron, la inyectaron y se durmió.
Cuando salí de ahí estaba mal, en cuanto llegue al pueblo fui al bosque ahí trate de ahorcarme, pero luego cuando desperté me dijeron que estaba en el hospital, pregunte por Elisa, me dijeron que luego me dirían sobre ella; cuando me empecé a recuperar, volví a preguntar por ella; mi madre me mira con tristeza y me dice: - hijo, cuando Elisa supo estabas mal se escapo del sanatorio y se ahorco en el bosque en el lugar en que te encontramos.
Me puse como un loco, me trasladaron al sanatorio ahí estaba todo el día con la mirada perdida al igual que lo estuvo Elisa, un día encontré un cuaderno me senté en el pasto del patio y comencé a escribir estas líneas en honor a mi Elisa, en honor a mi locura, termino aquí mirando al cielo, sintiendo aquella sensación que me hizo adicto a la lujuria; que mato a mi Elisa y que me mato a mí en vida.
FIN.